Además de poseer masa y ocupar un lugar en el espacio, la materia tiene una naturaleza electrica.
Esta se manifiesta de dos formas diferentes (positiva y negativa) asociadas a las partículas elementales que constituyen el átomo, siendo este, a su vez, la pieza fundamental de construcción de todo lo que nos rodea.
Así, la envoltura externa del átomo está formada por electrones que presentan carga negativa.
El interior, el nucleo, sin entrar en disquisiciones sobre su estructura, tiene carga positiva.
Gracias a esta naturaleza electrica los diferentes átomos pueden interactuar entre si formando estructuras más complejas que a su vez se agrupan en otras nuevas originandose, de este modo, la enorme diversidad que presenta el universo tal y como lo conocemos.
Y todo ello porque las cargas de diferente signo establecen entre ellas fuerzas de atracción y las del mismo de repulsión...

Podemos imaginar a un átomo como una esfera con un núcleo central, de carga positiva, y donde está concentrada practicamente toda la masa del mismo. Envolviendo al núcleo se encuentran los electrones, con carga negativa y de masa prácticamente despreciable.
Entre el núcleo y los electrones existe un espacio vacío (hay símiles para hacerse una idea de esta distancia, por ej. si el núcleo es un balón de fútbol situado en el punto central del campo, los electrones se encontrarían situados en las torres de focos o, si pudiera comprimirse toda su masa y eliminar el espacio vacío entre núcleo y electrones, podría montarse un circo, elefantes incluidos, en la punta de un alfiler).
La carga positiva del núcleo tiene igual valor que la negativa de los electrones de modo que la resultante es nula y el átomo aislado es neutro.

Cuando dos átomos se aproximan comienzan a darse entre ellos una serie de fuerzas de atracción entre el núcleo de uno, sus electrones y los del otro átomo.
Logicamente, hay tambien fuerzas de repulsión entre los dos núcleos y entre las dos cortezas electrónicas.
Si las fuerzas de atracción predominan sobre las de repulsión, existirán electrones que estarán atraidos por los dos núcleos, de modo que serán comunes a ambos átomos que permanecen unidos formando una nueva especie llamada molécula.
Este modo de unirse los átomos mediante compartición de electrones recibe el nombre de enlace covalente.







Cuando el enlace covalente se da entre dos átomos del mismo elemento los electrones compartidos son igualmente atraidos por ambos núcleos, la molécula resultante no presenta distribución apreciable de cargas y se le llama "no polar".

 

Si el enlace se da entre dos átomos diferentes, los electrones de enlace son atraídos de modo diferente por los dos núcleos y la molécula presenta una zona de carga negativa sobre el átomo que los atrae más fuertemente y una zona cargada positivamente sobre el otro.
Se forma, entonces, un dipolo (las dos cargas eléctricas (+ y -) en una distancia muy pequeña) y la molécula recibe el nombre de "polar".

    

De entre las muchas moléculas que presentan enlace covalente polar hay que destacar, principalmente, la del agua.
Este compuesto está formado por la unión (mediante compartición de electrones) de un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno. La molécula presenta una geometría definida ya que los tres átomos forman entre si un ángulo de 104º 27', situandose en su vertice el de oxígeno.

El hecho de que precisamente el oxígeno tenga una mayor tendencia a atraer los electrones de enlace (electronegatividad) que el hidrógeno, hace que en la molécula exista una zona con mayor densidad de carga negativa (en la ilustración se representa por la letra delta precediendo al signo menos) y otra zona con una densidad de carga positiva, es decir, en el pequeño espacio constituido por la molécula de agua se encuentran ambos polos eléctricos, lo que la convierte en una molécula polar.

Esta polaridad es la responsable su gran poder disolvente así como de otras caracteristicas que hacen que el agua sea uno de los compuestos fundamentales en la construcción de los seres vivos y su habitat, pero esa es otra historia...